Oda al pecador

No te agradecerán tu sufrimiento
aunque grites tu odio introvertido.
Solo te oye el tímpano, el oído
del que se fue de dios y lo maldice.

Solo besa las yemas de tus dedos
el que mil veces estrelló sus rosas
sobre el corazón duro de la biblia,
que el profeta escribió sobre una piedra
y dura y fría y piedra siempre ha sido.

Todo se va de ti y totalmente
te entregarás a lo que no se vaya.
Buscas febril la miel en la amargura
de la canción de un coágulo de sangre.
En la nada que queda cuando buscas,
encuentras mi esquelética figura.

El que hoy a ti te juzga y te condena
no es otro que esa sombra flagelada,
que cuelga de una cruz en el calvario,
que al tercer día resucitó en verdugo;
verdugo y juez de las leyes cristianas.

Por él te insultará la humanidad entera.
Por él te apedrearán los que nunca han pecado.
Por él se santificarán los iracundos,
escupiendo a tu ser atormentado.

Y entonces hallarás solo en mi pecho,
putrefacto costillar herido,
el rincón tierno, el codiciado nido,
de un gato nauseabundo y desterrado.

Helsinki, 1972

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